Tengo un amigo con suerte que llegó a conocer con vida a sus cuatro abuelos, tres bisabuelos y un tatarabuelo. Para distinguirlos, llama a los primeros “abuelos 1”, a los bisabuelos “abuelos 2”, y al tatarabuelo, “abuelo 3”.
Si aplicásemos esta regla extendiéndola hacia atrás, nos sorprenderíamos. Nuestros antepasados remotos están realmente cerca de nosotros, y tienen mucho que enseñarnos.
Mis padres son dos, alcanzaron su plenitud en medio del desarrollismo de los sesenta, y entonces nací yo, que estoy ahora aquí, empezando a ir cuesta abajo.
Mis abuelos eran cuatro: gentes del campo, como casi todos los españoles de los años treinta. Les tocó engendrar a sus hijos en fechas cercanas a la guerra civil, y eso les marcó para siempre. Los cuatro vivieron siempre dentro de su comarca, y ninguno se alejó jamás de su pueblo natal más de veintitrés largos kilómetros. Cayeron todos en el bando de los buenos, así que criaron a sus hijos entre la sacristía y la paz triste. El viaje más lejano que jamás hiciera alguno de ellos le tocó a mi abuelo Felipe, que estuvo en Fermoselle en dos o tres ocasiones. En otra provincia, el tío.
Mis bisabuelos (mis abuelos-2) eran ocho y vivieron sus sencillas vidas en medio de la Restauración, aunque a ellos eso les quedaba muy lejos. Labraron el campo. Criaron a sus hijos y murieron. No obstante, tuve una bisabuela cuya vida fue mucho más excitante: ¡provenía de Cataluña, nada menos!.
Mis abuelos-3 eran dieciséis, y conocieron la Primera República, o más bien vivieron bajo ella, porque dudo mucho de que la mayoría de ellos supiera qué era eso. Hay entre ellos dos catalanes y un vasco.
Mis abuelos-4 eran treinta y dos, y muchos de ellos vivieron el reinado de Fernando VII, el que usaba pantalón. Los más mayores, incluso, conocieron la invasión francesa. Creo que el mayor de mis abuelos-4 era francés, aunque eso nunca se supo, porque era un asunto más bien deshonroso.
Mis abuelos-5 eran 64. Unos cuantos ya vivían durante la Revolución Francesa, pero otros no habían nacido cuando Riego se pronunció en 1820 (de poco le sirvió, al pobre). Dieciocho no nacieron en mi provincia castellano-leonesa. Tres no eran españoles. Hay una que está repetida. Es abuela-5 por partida doble, una por mi padre y otra por mi madre. Mis padres nunca han sabido que tienen un abuelo-4 en común, pero: ¿a quién le importa?
Si cada generación cumple por término medio veinticuatro años hasta dar paso a la siguiente, entonces mis abuelos-8, que eran 512, nacieron en su mayoría en la primera mitad del siglo diecisiete. Hay catorce que figuran en la lista por dos veces, y otros dos lo hacen por triplicado. Además, uno de mis abuelos-8 más jóvenes es también abuelo-7 cuando miramos en otra parte de árbol genealógico.
Mis abuelos-16 son 131.072. De entre ellos, más de 125.000 nacieron en el siglo XVI, pero casi 5.000 los hicieron en el XV, y más de 1.000 vieron la luz en el XVII: La mayor parte fueron súbditos ibéricos (llamarlos “españoles” sería mucho llamar) de Carlos V, pero no faltan en la lista 5.000 franceses, 300 ingleses, doce rusos, o siete nacidos bajo el reino de Granada, entre otros muchos de diverso origen. Hay una señora que aparece veinte veces como abuela-16, treinta con abuela-15 y tres como abuela-14. Más de la mitad de los otros nombres están repetidos, y una tercera parte figura al menos en tres lugares distintos de la lista. Si tengo en cuenta esto, en realidad, el total de mis abuelos-16 es de “tan sólo” treinta y un mil quinientos siete. La religión mayoritaria es la católica, pero no faltan los luteranos, calvinistas, mahometanos, judíos y anglicanos. Cinco personas fueron, a lo largo de su vida, primero anglicanos, después católicos y, finalmente, anglicanos de nuevo. Caprichos de los mandamases, supongo.
Mis abuelos-79 fueron 1.20892576*10^24, es decir, 1.208.925.760.000.000.000.000.000, más de un cuatrillón de seres humanos. La mayor parte de ellos aparece en la lista en cientos de miles de ocasiones. Su número, si no tuviera en cuenta las repeticiones, superaría en mucho el del total de seres humanos que jamás haya existido. Entre ellos encuentro personas de todos los orígenes y condiciones: reyes y mendigos, romanos y gentiles, iberos y vascones y cántabros y astures y vettones y béticos y lusitanos y septimánicos y celtas, griegos, persas y babilonios, judíos, hindúes, indios, bantús y sudaneses, esquimales y muchos más. Sólo echo de menos a los maoríes y a los malayos. Ni uno, tú. Ahora bien, si tengo descendencia, y mis hijos también la tienen, no hay ninguna duda de que en cuatro o cinco generaciones más esas faltas se subsanarán, dado el creciente proceso de mezcla de la población mundial. Todos mis abuelos-79 nacieron entre el siglo III antes de Cristo y el siglo III después de Cristo. Muchos fueron contemporáneos de Jesús, y algunos miles le conocieron personalmente. Cuatro de mis antepasados se cuentan entre sus íntimos. Bastantes más, estuvieron entre los que le condenaron. Es antepasado mío el que se lavó las manos (aparece en setenta y nueve sitios diferentes, el muy cabronazo), el que le llenó de agua la palangana para que se lavase (aparece en ochenta y una), y el soldado que remató a Jesús, el mismo bandido de su derecha, y TODAS las demás que pasaron aquel día por allí y que tuvieron nietos.
Entre mis antepasados hay asesinos y santos, explotadores y explotados, prohombres y parias, vascos y castellanos (esto último para algunos será lo más sorprendente). Entre los antepasados de CUALQUIERA que lea esto, también.
Y es que, si nos fijamos en nuestros padres, o incluso en nuestros abuelos, nos parece que unos y otros somos muy diferentes. Dónde va a parar. Yo no me parezco en nada a mi vecino, pero en nada. Ahora bien, si nos retiramos un poco, como pulgas que se alejan del perro, y miramos desde la distancia, todos somos iguales en origen y en futuro. Nuestros antepasados son idénticos. Literalmente, son las mismas personas. Y nuestro porvenir está entrelazado, mezclado y vuelto a mezclar, una y otra vez. Sólo nos diferencia (sólo nos separa) nuestra presente estupidez.
21 10 2003. Terra Autonomías. Ligerísimamente modificado en la versión actual