No tengo palabras para definir la final del baloncesto y para este puñado de chicos que me han hecho sentir orgulloso y disfrutar como nunca.
Por un lado, lo que ya sabíamos: la NBA americana, casi invencible, al más puro estilo yanqui: atletas negros mascachicles, algunos con el rol tan sobado de niño malo, jugándose su prestigio como nación en la victoria, en el tanteo y en el espectáculo, con una prepotencia que ya no es la de antaño( porque no pueden). Por otro lado la NBA española, nuestra ÑBA, preparada para sacar lo mejor de sí misma.
El objetivo de la victoria( y el oro) es la única batalla que han ganado los americanos, y por poco. Es la más importante, lógicamente. Pero han perdido la batalla del tanteo abultado, la del espectáculo( hemos dado tanto o más que ellos), e incluso la de la afición: todo el estadio, plagado de chinos y espectadores de todas las nacionalidades, iba con España. Es decir, han perdido la batalla de la imagen. Cuando no podían parar a España han hecho uso del trabajo físico, del juego al límite y más allá del reglamento. Los árbitros han permitido de todo: pasos, golpes, marcajes no legales. Se han puesto nerviosos, Bryant ha mandado callar al público después de un triple y se han acabado viendo beneficiados por dos técnicas absurdas. Se han oído abucheos en las gradas contra el equipo americano.
Ha vuelto EEUU, con un equipo de garantías, a diferencia de hace 4 u 8 años. Pero el Dream Team, el equipo de ensueño, invencible, que machacaba y deslumbraba y que además caía bien, desapareció hace décadas... y para siempre.
Los JJOO en general, emocionantes y entretenidos como todos los que he visto. Casi no he podido ver nada, por estar de vacaciones, pero he disfrutado lo que he podido. Se ha escapado alguna medalla de oro para España, pero se han ganado otras inesperadas como el kayak o el bronce de esgrima. Por lo demás, medallísticamente, hasta el gorro de chinos, de EEUU y de Phelps. Hasta el puto gorro. Viva Mark Spitz