Carmen Díez de Rivera, jefa de gabinete de Suárez y eurodiputada del PSOE falleció hace una década a los 57 años a causa de un cáncer de mama metastásico, y antes de morir quiso denunciar en sus memorias a sus médicos y alertar a los españoles de la desidia y negligencia reinantes en la sanidad española.
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La clínica Ruber Internacional es un edificio pequeño, de dos pisos, escondido en una
calle secundaria de la urbanización Mirasierra, en el norte de Madrid. En la entrada hay
un olivo que parece centenario. El 24 de septiembre de 1998, Carmen intuyó allí que se
moría. Lo hizo en la planta baja, tendida sobre una camilla junto al despacho del doctor
César Mendiola. En una revisión, este médico de aspecto triste y acento andaluz,
descubrió que tenía una «masa esférica encima del ombligo, a la derecha». Era ascitis,
metástasis peritoneal.
«El cáncer es dramático en cualquier circunstancia, Ana, pero todavía lo es más cuando
habiéndose cogido a tiempo te vas a morir por ello. Yo he hecho prevención toda mi
vida, y me muero porque un oncólogo español ha ignorado un marcador de una revisión
que me hice en Bruselas. Era un marcador de un ovario que estaba a 40 cuando tenía
que estar a 35».
¿Qué ocurrió en ese año y medio desde que Carmen se operó de un tumor mínimo en un
pecho hasta que descubrió que el cáncer se le había extendido de forma irreversible?
La historia de su enfermedad, y su muerte en apenas tres años, comienza un miércoles
por la mañana del otoño de 1996, en el despacho del Parlamento Europeo en
Estrasburgo. Manu, el asistente, le entrega el resultado de la tercera mamografía que se
había hecho ese año. Según Manu, ella se hacía varias mamografías anuales porque
estaba muy concienciada y tenía verdadero miedo al cáncer.En esta última se le había
detectado un cáncer de mama. Carmen se abrazó impulsivamente a él y se puso a llorar.
Fue la única vez que la vio derramar unas lágrimas.
Medio año más tarde, el 19 de marzo de 1997, le fue amputada la mama izquierda. El
tumor medía 0,9 centímetros de longitud y, según me explicó el doctor Mendiola, tenía
«diferenciación coloide», que quiere decir menos agresivo, con 16 ganglios negativos y
receptores de estrógenos positivos. «Una perita en dulce», concluyó este médico de 49
años, nacido en Colmenar Viejo y criado en Andalucía.
UN ERROR MEDICO
Sin embargo, medio año después le reapareció como cáncer de ovario.Las versiones son
contradictorias. Carmen dejó grabada en cinta una denuncia pública al doctor Mendiola,
al que acusaba de negligencia médica por incurrir en un error de detección. Entrevistado
dos años después de su muerte, el doctor Mendiola declara que fue un episodio de
«mala suerte», y que está acostumbrado a que algunos pacientes, aquellos cuyos casos
no van bien, la emprendan contra él.
Según Carmen, después de que le amputaran la mama izquierda, Mendiola nunca le
pidió que se analizara periódicamente el resto del aparato ginecológico. Ella decía que
había que hacerlo siempre en estos casos. Decía que sin que el citado doctor se lo
pidiera, fue a hacerse un análisis en Bruselas. Allí la alertaron de que un marcador
oncológico del ovario estaba subiendo.
A Carmen se le amputó un pecho con un tumor tan insignificante, que el 80% de las
mujeres se curan tras la intervención quirúrgica.De ese 20% restante, el 10% remata
tomando una pastilla diaria de tamoxifeno durante cinco años. El 10% al que le
reaparece en otro lugar acaba muriendo. El cáncer de mama que se reproduce es
incurable. Dice Mendiola que este último dato, Carmen lo desconocía, porque a los
pacientes se les oculta para darles siempre una esperanza.
El primer error en el que incurrió Carmen fue tomar la pastilla de tamoxifeno sólo
durante cinco días. «No la aceptaba. Me llamó desde Jerusalén para decirme que le
producía sequedad en la vagina y que la ponía nerviosa».
En cuanto a esa falsa metástasis que le detectaron en el hígado, el doctor Mendiola dice
que le preocupó mucho observar unas lesiones que luego resultaron ser consecuencia de
su estancia en Africa.
«Yo reconozco, Ana, que nunca he sido una persona rencorosa, pero esto es muy, muy
difícil de asumir, que un profesional, o que se llama profesional, haya actuado de esta
manera. Y aquí te entrego el análisis que atestigua cuanto dije. Porque nadie asume la
responsabilidad, y encima intentan culpabilizarle a uno de tener un ovario que hace esos
gestos. Yo sólo puedo decirte que en el Parlamento Europeo había cuatro personas que
tuvieron cáncer de mama. Una era italiana, otra era holandesa, otra danesa, y otra yo.
Todas ellas lo tuvieron infinitamente peor que yo, cogidos más tarde; el mío tenía tres
meses. Evidentemente, la italiana tuvo el acierto de no hacerse tratar en su país. Yo
nunca pensé que hubiera hecho falta hacerlo fuera de mi propio país. No quería ser pija,
ni señoritinga, ni todas estas cosas, y pensé, con las expectativas que me daban, y
haciendo las revisiones que me indicaban, que no haría falta».
El segundo error, según Mendiola, lo cometió Carmen a partir de ese 24 de septiembre
de 1998, cuando él descubrió la ascitis en el vientre. Carmen, furiosa, se fue a operar
por laparoscopia al Hospital Clínico de Barcelona, con el catedrático Joan Rodés.El 13
de octubre le hicieron la biopsia en los nódulos que le habían extraído: efectivamente,
era un carcinoma compatible con el que había tenido de origen mamario. Era la prueba
que Carmen necesitaba para enfadarse aún más con el doctor Mendiola.
Oyéndolos hablar, él en directo, ella en cinta, las versiones son irreconciliables.
En todo momento, el doctor Mendiola insistió en que se trataba de un caso «muy raro,
completamente atípico». Al final, en la entrevista que mantuvimos en su despacho de la
clínica Rúber, le pregunté por qué no quiso que Carmen controlara los marcadores del
ovario. Me dijo que, de todas maneras, una vez reproducido el cáncer de mama en otro
lugar, éste no tenía, por desgracia, cura. Eso Carmen nunca llegó a saberlo.
«Siempre se nos ha atacado a la clase política, y con razón, de convertir la política en un
negocio, pero es que la medicina, en muchos casos, también se convierte en un negocio.
Por las experiencias posteriores que he tenido, Ana, y por la gente con la que he
hablado, lo que a mí me ha ocurrido no es un caso excepcional.Hay errores,
muchísimos, que no quiere acción de que a la otra persona la inhabiliten es nula. Pero si
tengo la ocasión de decirlo, lo cuento, y ahí tienes las pruebas. Si no estoy, que
Mendiola intente decir algo distinto. Aquí tengo los informes. Mendiola no es el único,
debe haber muchísimos».
Conmigo, sin embargo, el doctor Mendiola se mostró muy amable, y no puso ningún
reparo en contarme su versión de los hechos.
«Todavía no sé si fue un solo tumor o dos diferentes concluyó con cierta tristeza.
No se pudo comparar la tripa con la mama.Ella empezó un tratamiento basado en la biopsia de
Barcelona en vez de seguir uno aquí. Luego se fue a ver a un tercer médico en Menorca.
No aceptó nunca cómo un caso tan favorable se transformó en todo aquello. Nosotros
no lo entendimos. Lo que le ocurrió a Carmen fue muy atípico. Ella se aferró a lo del
marcador. Pero no tenía los conocimientos necesarios: cuando el marcador sube, como
le subió a ella, ya no hay solución. Yo no podía decirle nada, sobre todo cuando ya se
quebró la relación. Fue un caso desgraciado».
A Carmen le sobrevino la enfermedad en el peor de los momentos.Después de toda una
vida dándole vueltas a estas memorias, empezó a escribir algo en 1994. Cuando cayó en
la cuenta de lo doloroso que sería para su madre, decidió postergarlas hasta que la
marquesa de Llanzol muriera. Y fue justo a finales de 1996, cuando Sonsoles de Icaza
estaba ya bastante enferma, cuando se le detectó el cáncer. Entonces concentró todos
sus esfuerzos en la enfermedad en vez de liberarse por fin de su historia, lo que le habría
ayudado a ser más feliz.
Cuando nos conocimos, ella ya sabía que no le iba a dar tiempo a escribir este libro.
Después de numerosas llamadas telefónicas, al más puro estilo Carmen, llegué a
Candeleda el 26 de julio de 1999, día de santa Ana. Era un lunes. No se me ha olvidado
cómo la encontré.
Estaba en el agua, nadando. La oí gritar mi nombre y, al buscarla, la vi de pie en la
piscina natural, agitando los brazos en el aire, con un gorro de plástico y unas gafitas de
nadadora. Luego avanzó hacia la orilla, nadando a braza.
Llevaba un bañador rojo, del mismo color que su coche, un Volkswagen Golf, aparcado
bajo una encina. Me fijé en las piernas, bonitas y delgadas, quizá demasiado rectas.
Se le notaban las dos heridas del cáncer: por un lado la falta del pecho izquierdo y por otro,
el vientre abultado.
EL ULTIMO DIA
Pero ese 26 de julio la encontré mejor que el pasado 30 de mayo, cuando había estado
grabando en su casa de Madrid. Andaba emocionada con la victoria de Lance
Armstrong, el ciclista norteamericano que el día anterior había ganado el Tour de
Francia. Armstrong había estado muy enfermo de cáncer, y Carmen tenía una foto suya
en la cabecera de la cama de Madrid.
Estaba de buen humor, con muchas ganas de trabajar, y haciendo bromas con el nombre
de la plaza principal del pueblo: ¡la Cabra Hispánica!
Por la tarde, después de trabajar, vinieron a casa de los Garrigues el cura Eladio y el
médico del pueblo. Uno a darle la comunión, y el otro, consuelo. Pasamos un rato
charlando con ellos: de los cinco mil habitantes que tiene el pueblo, de que es el único
sitio de España donde puedes bañarte en agua natural, de lo que diríamos sobre
Candeleda en nuestro libro. Carmen estaba contenta. A veces ni siquiera contestaba las
llamadas en el móvil.
«Lo único que quieren es machacarme a base de unas quimioterapias feroces. Yo
siempre he creído en la razón, en la muerte digna.Me están dando una calidad de
muerte, pero no de vida. El cáncer no se puede vivir bien. Es difícil de vivir cualquier
enfermedad.Yo rechazo totalmente, y tú lo sabes, y otra gente lo sabe, el convertirme
exclusivamente en una persona enferma. La enfermedad ahora es una parte de mi
existencia, una parte dura, muy difícil, porque éste es un tema como podía ser la lepra
antes, es algo parecido. Además, un cáncer donde hay metástasis es normalmente
muerte. Si no, son unas alternativas de horror, las terapias que te ofrecen, a cuál más
horrible. Yo estoy intentando, como puedo, no deprimirme, pero claro, si no te deprimes
con un tema de estas características, tú me dirás. Pero si además de encontrarte así, y
además de que me queda poca vida, encima me voy a deprimir, y me voy a pasar la vida
contestando a preguntas como cómo estás permanentemente... Te llaman todo el rato,
y yo lo agradezco; te llaman y en vez de contarte cosas sobre la vida, que es lo que estás
deseando, te están hablando siempre de tu enfermedad.Qué tal te encuentras, cómo vas.
Como si fuera una gripe. Esto no es una gripe, es una tragedia».
Al terminar de trabajar nos íbamos en mi coche al hostal Los Castañuelos a cenar. A
pesar del calor y del polvo del camino no me dejaba poner el aire acondicionado. Yo la
llamaba maniática absurda. Allá íbamos, sin aire y riéndonos de sus malvadas bromas.
Comía bien, y a veces tomaba hasta un poco de Rioja. Su menú preferido: espárragos
del raso y solomillo, con un poco de vino tinto. Yo le insistía para que se sumara al caldo.
Ella lo hacía a regañadientes. Le parecía que era «sopa de viejas».
Una noche, al despedirnos, me dio las gracias por hacerla sentir viva. Es uno de los
recuerdos más preciados que guardo de ella.Me fui a la cama pensando que no sabía si
este libro sería publicado alguna vez, pero que sólo por esas cenas en Candeleda, llenas
de alegría y de amistad, todo había valido la pena. Hablábamos mucho, de todo. Son
conversaciones que guardo en mi corazón, de donde nunca saldrán.
El 18 de agosto se marchó a Menorca, y el 29 la llamé para felicitarla por su 57
cumpleaños. Volvió a Madrid para morir. Antes, me envió una cinta, la última. Lo hizo
a la embajada británica, donde trabajaba Edward, porque decía que no se fiaba de los
periódicos, en cuyas redacciones todo se acaba perdiendo. Aquí la reproduzco casi íntegramente.
No hay mucho más que añadir.
«Como el cáncer es una tragedia, Ana, lo que me divierte, lo que me apetece es apurar
el limón de la vida, y la naranja de la vida hasta el final, y beberme el mar de un golpe.
Evidentemente, con serenidad, exasperada pero no desesperada. ¿Consuelos en la
enfermedad? Pues no. Yo no sé si no lo sé hacer, no lo sé enfocar. ¿Autolamentarse?
Tampoco. No sirve para nada. Entereza, como dice mucha gente. Pero el tener que ir al
hospital cada 10 días o menos a que te vacíen el peritoneo de líquido ascítico...Y que no
siempren lo hacen bien. Casi nunca lo hacen bien. A veces no sale. A veces pinchan
mal. Siempre es culpa de uno.Yo en eso nunca lo he visto todavía, decir: mire, es que le
he pinchado mal. Normalmente añaden: 'Es que está usted tabicada'.O que te destrocen
una vena, y entonces te dicen: 'Claro es que las tiene usted abrasadas'. Es muy
desagradable porque se te va la vida. Yo sé que me estoy muriendo, sé que mi
organismo está plantando una lucha feroz, porque el tiempo que me habían dicho lo he
superado ampliamente. Me cuesta mucho no montar en bicicleta. Lo de vaciarte el
líquido es demoledor. Es además un cáncer, el del peritoneo, muy doloroso. No sabes
qué ropa ponerte, porque pareces una embarazada inmensa. Es muy duro.A los 70 años
también debe ser muy duro. Y no sé si a esa edad el organismo está también más
agotado. Yo me noto todavía en el estado que estoy, y habiendo perdido ya tantísimos
kilos, y viendo cómo se te perfila la nariz, cómo desaparecen los muslos, cómo
empiezan a parecer las vértebras y las costillas, y la columna vertebral. Sin estarse
examinando constantemente. Viendo, sobre todo, esa mirada de una tristeza infinita. No
es que se esté uno autocontemplando. Pero es que claro, cuando te duchas, te lavas, y te
pones crema, te miras al espejo y no te reconoces.O cuando, por azar, te tienes que
hacer una foto, pues eso, para renovar el carné de conducir, por ejemplo, y te ves en la
fotografía y no sabes quién es, y ves la cara de muerta que tienes».
LA LIBERTAD
«Yo tengo la sensación de padecer una doble enfermedad, el cáncer y el haber perdido
prácticamente toda mi libertad. Por eso el rato pasado a pesar de tener toda la panza
hinchada, llena de líquido, el cuerpo cada vez más reducido en el mar, en el mar de Menorca,
sola, bajando sola por mi acantilado, mi acantilado de los últimos veintitantos
años, en ese mar de seda, en ese mar maravilloso, pudiendo nadar, no te digo como
siempre, pero parecido, así lo dicen las personas que me han visto nadar, y no de frente,
hinchada, con el líquido ascítico que me desborda constantemente, ha sido y es un
ejercicio de libertad, de placer, de maravilla; tanto que alguna vez mis lágrimas se han
mezclado con el mar, porque me cuesta mucho pensar que ya no voy a nadar, que ya no
voy a estar dentro del mar, que ya no voy a coger jazmines al atardecer, mirando esos
firmamentos espectaculares, aunque yo prefería el cielo de Almería y, desde luego, el de
Africa, el de Africa negra. Pero lo tengo que vivir desde una condición importante ya de
minusvalía. Ni intelectual, ni afectiva, ni sensitiva, pero evidentemente el cuerpo está
herido de muerte.Lo intento, no siempre lo consigo, pero desde luego el tiempo que he
pasado desd el 18 de agosto hasta octubre, nadando, en mi mar, realmente ha sido algo
impresionante que me ha ayudado mucho en este horrible año que he pasado en todos
los sentidos.Las luces de un atardecer, el piar de los pájaros, que vienen aquí al
cañaveral de una casapróxima, que existe. No sé. Esos colores cambiantes que tiene el
mar y esa sensación infinita que te he descrito en otro lugar, pues sí, ha sido como
recuperar un sueño de liertad. Haciendo un fortísimo esfuerzo, no cabe duda. Porque
cada mañana, cuando ahora me levanto, intento convencerme de que tengo que vivir
como si fuera el último día de mi existencia».
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